miércoles, 26 de diciembre de 2012

¡Ahora sigo yo, ahora sigo yo!

Eso de pertenecer a otras familias que no comparten tu apellido es de pelos.
Ayer fuimos incluidos en la comida navideña de la familia Fernández, Gaby y Daniel pusieron su casa para recibir a la Fernandiza y a su Conocedor con todo y anexos.

Cabe aclarar que éramos como 40, estos Fernández son reteprolíficos, estuvo desde Don Mauro, hasta varios bisnietos. Todos son pachangueros, todos son cariñosos y todos son mis amigos.
Ya han sabido de varios Fernandez (Cacho, Rafael y Sergio) pero ahora les voy a platicar de dos de sus políticos: Daniel (el anfitrión) y Mauricio otro que no es Fernández.

Lo primero que pasa en el día, es que recibo telefonazo urgente de parte de Daniel solicitando “mi riata”. La verdad si me saqué de onda, pensé: ¿Para que la necesitará con tanta urgencia? Sin querer dudar de sus intenciones, la aventé a la cajuela del micro para que no se me olvidara.
Fuimos amenazados para que no fuéramos a comer muchote, porqué habría tamaliza. Muy obedientes, desayunamos como a las 12 del día y como náufragos recién arribados a tierra.

La cita era a las tres de la tarde, a esa hora salimos en viaje de unos 30 kilómetros. Al arribar, que nos toca cargar con media tonelada de alimentos y bebidas que venían llegando al mismo tiempo y había que colocar en la cocina y en el bar respectivamente.
Ya ingresados en la reunión y con copa en la mano ofrecida por Daniel, empezó la pachanga: Abrazos, una bola de besos (para que les de envidia a muchos) de parte de muchas bellas Fernández, brindis, botana y plática.

Ya entraditos en la tarde, que salen las piñatas, Como Mauricio y Daniel organizan muchas de las actividades, pues que me piden “la riata” ya se imaginarán la albureada que recibieron y todavía ni la veían. Se escuchó desde: “!A Daniel le urge la riata de Gil!” hasta “Mauricio y Daniel la van a agarrar de la punta para jalarla bien”
Total, con mi riata atorada en una barda del vecino y del otro lado Daniel manipulándola, empezó la guamiza a la piñata. Por cierto, las nuevas piñatas de papel, no se rompen ni con sierra eléctrica.
Mauricio colocaba el trapo alrededor de los ojos de los golpeadores y Daniel le jalaba a la riata. Así nos despachamos la primera y con saldo blanco sin ningún infante herido por una madre abusiva que se lanza cual flecha de cupido para agarrar muchos dulces.

En la segunda piñata, Daniel ya se había aburrido de mi riata y la dejó en manos de Sergio que de ahí en adelante fue el encargado de jalarla, esta segunda piñata era más peligrosa, los golpeadores ya eran de más de 45 kg y metro y medio de altura, incluidas varias féminas que parecían muy resentidas con la pobre piñata. Ya vendados por Mauricio y mareados dando vueltas gracias a Brenda, quedaban como borracho en cantina pero armados. Hagan de cuenta beisbolistas ciegos en bronca contra el equipo contrario pero sin soltar el bat. Ante tanta violencia, Mauricio intentaba refugiarse en alguna silla lejana, pero hasta allá lo seguían los palazos (otra albureada). Daniel aparecía bailando después de que cada adulto golpeador terminaba su turno y solo cantaba alrededor de la piñata: “Ahora sigo yo, ahora sigo yo”.
Después del segundo sacrificio piñatero y ya con un hambre feroz (ya eran las 7 de la noche y se imaginan si no hubiéramos hecho nuestro tentempié mañanero) que nos arrancamos con lo de la tamaliza.
Aquí si me dio  miedo, como manada de leones hambrientos, que se dejan ir hacia las viandas no menos de 35 Fernández armados con tenedores y platos al acecho de los tamales y los frijolitos. Sí pensé, "o me pongo bravo y me descuento a unos 5 o no ceno".
Cacho que es experto en eso de los banquetes, había calculado perfecto el hambre de su familia y todos cenamos, yo hasta repetí. (Del verbo más tamal, no del verbo sapo).

Lo único malo de la cena, fue que a Mauricio (ya recuperado del susto de los batazos) se acordó que le debo una copia de la colección  (qué el me regaló) de música navideña desde hace 2 años.

Con medio tamal en la boca solo le pude decir, que para la siguiente Navidad ya se la tengo lista. Si me tardo, le llamo por teléfono y se la pongo para que oiga villancicos aunque sea por vía satelital.
 
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