viernes, 1 de marzo de 2013

La Cueva de Pedro El Malo

Para los que vivieron su infancia en los años 70 y en la zona sur del Periférico, esta cueva les debe sonar conocida.
Estoy hablando de los años 70, la mayoría de los lectores ni siquiera habían nacido y yo ya andaba de vándalo en la calle.

¿Pueden imaginar el Periférico, frente al Hospital de Pemex Picacho, vacío?
Pues sí, hasta se podía andar en bici y patines en esa zona, ya que la mayoría de los coches se salían en San Jerónimo porque seguir era muy peligroso y despoblado. (Ahora es más peligroso por poblado).

La verdad, no tengo idea quien descubrió la famosa Cueva y menos conocí a Pedro El Malo. La leyenda decía que el Pedro ese, era muy méndigo y se robaba a las muchachas de la zona, se las llevaba a la cueva y ahí hacía carnitas con ellas. (Más o menos así era la Leyenda).

El único chiste de ir a visitar la cueva, era que al final ibas a ver la cama, la almohada y el pan de Pedro el Malo. Pero esto requería de una preparación profesional.

El equipo a llevar eran linternas, antorchas de palos con periódico y mojada en petróleo que comprábamos en Contreras. (No me acuerdo por qué no comprábamos más pilas, seguro por economía). No podía faltar la mochila de explorador con su relleno de antojitos y bebidas. Éramos tan previsores que hasta suéter llevábamos. Lástima que no había cámaras digitales o aquí verían una foto.
Tampoco podían faltar unas velas y unos cerillos por si las moscas.

Así nos lanzábamos un grupo de amig@s a la aventura sin el conocimiento o consentimiento  de nuestros padres.
Llegábamos como burros a su corral, era puro campo y nunca nos perdimos.
Caminabas desde el periférico unos minutos y encontrabas la entrada de la cueva.

Era un túnel como del tamaño de los túneles de metro (no estoy exagerando)  y empezabas a caminar hacia la oscuridad.  Conforme avanzabas, el frío y la negrura se empezaban a acentuar, hasta que no veías nada, textual NADA, sin el apoyo alumbrador de nuestras linternas, antorchas y velitas. Ya en la oscuridad, había dibujada una Virgen de Guadalupe, donde te encomendabas para que no te tragara la cueva. (Ni pensábamos en asaltos).

La cueva se iba haciendo más chica hasta llegar al Paso de Lagartija, ahí si el asunto era arrastrarse entre rocas en un espacio de no más de 50 cm (ahorita lo pienso y me da claustrofobia, además que seguro con la panza me hubiera quedado atorado hasta que adelgazara). Una vez librado este obstáculo, la cueva volvía a ser de tamaño familiar, anchísima y con techos muy altos, en esta parte y como mensos, siempre hacíamos lo mismo:
Cacho que normalmente lideraba al grupito nos indicaba: “A ver, apaguen todas las luces.”
Lo peor eran las respuestas de siempre: ¡No se ve nada! , ¡AAAYYY mis hijos!!!! ¡¡¡AUUUUUUU!!! Y el más sonado: ¡¡Ya cállense!!

Hoy entiendo la estrategia de Cacho, en ese momento, sentías pelos en el churruru, entonces había que agarrarle la mano a alguna niña desamparada y asustada, porque si éramos rete machos. Estoy casi seguro que en la oscuridad me toco agarrarle la mano a algún sacatón que no hablaba y no se veía.

Todavía faltaban unos 20 minutos para llegar al final de la cueva, donde ibas a ver la cama de Pedro el Malo, su almohada y su pan.
La cama era una piedrota medio plana al mero final de la cueva, la almohada era otra piedrota más chica puesta encima de la piedrota medio plana y el pan ya era un hongo medio muerto y podrido junto a la almohada.

Ya que la habías visto, alguno que otro se había acostado en la cama y los más mensos se habían tratado de agarrar a almohadazos (era imposible levantar dicha almohada) entonces llegaba el momento de compartir el pan y la sal. La verdad eran papas, gansitos, refrescos, uno que otro sándwich estilo tiendita y alguna manzana que llevaba una niña estando a dieta.

En alguna ocasión y ya de regreso, las pilas ya ni pifaban, las antorchas se habían quemado totalmente y solo nos sobraban velitas. Habíamos llegado a los aposentos de Pedro y no habíamos encontrado a persona alguna y en eso:
Méndigo Cacho grita: ¡¿Quién nos viene siguiendo?!
Todos volteamos y solo se veía una lucecita que parecía acercarse.
La reacción fue como de incendio, hagan de cuenta una manada de búfalos peludos, huyendo de la Apachiza que nos quería depilar, pero entre rocas y con puras velitas. Con esta reacción, hasta Cacho corrió, hubo caídos, raspados, golpeados y de milagro no se nos quedó alguien adentro. Al llegar al famoso paso de lagartija, se hace cola como de tortillas, pero a oscuras, asustados, medio heridos y tenías que pasar “a gatas” sin pensar en posibles piedras filosas que encontraras en tu camino.

Una vez librado el Paso de Lagartija, sale Cacho con su comentario: ¿Se asustaron con la velita que dejé?
$#%& Cacho, casi nos mata, pero hay justicia divina y con el corredero de todos, se quedó solito y corrió al parejo, no fuera que sí nos vinieran siguiendo.

Hoy ya no se puede visitar la Cueva, es más no sé si exista todavía, ya que se han construido muchas cosas por ahí y ahora si te metes, te disparan… y eso si asusta.

Cómo me gustaría que mis Cachorros pudieran platicarles a los suyos, que fueron a la Cueva de Pedro el Malo y un amigo malora, los asustó.
 
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