viernes, 16 de noviembre de 2012

De compras con ella

La experiencia de ir de compras con una mujer (choping dicen ellas) es algo para comentar. Creo que a la mayoría de los hombres no les gusta ir de compras. (Dato solo aportado, acá por su Conocedor que odia ir de compras y le choca gastar su lana en ropajes y calzado.)

Yo entro a la primer tienda que seleccione mi Chiquita y ahí encuentro desde mi pijama de trusa blanca con rayitas azules en el resorte, hasta mis muy cómodos pantalones de mezclilla, pasando por una camisa, unos calcetines de esos de paquete de a 4 y hasta zapatos. En media hora ya tengo mi guardarropa para el siguiente año y me sale retebarato.

Por el contrario, Mi Chiquita (y cualquier mujercita que se digne) recorre toda la tienda “viendo a ver qué encuentra”, camina tranquilamente, pasillo por pasillo (esto me recuerda a político tabasqueño, que quería casilla por casilla), va tomando nota mental de cada artículo de su interés, también va haciendo comparaciones mentales de “cómo se vería aquella blusita con el pantalón tal o la falda cual” y después de un par de horas en las que yo ya me aburrí de estar sentado en la entrada de la tienda con mis dos bolsitas de compras, se me acerca y dice: “No hay nada, vamos a otra tienda”. No espera mi respuesta y se arranca como burro sin mecate al siguiente almacén, donde pasan otras dos horas y me repite: “No hay nada, vamos a otra tienda”.

“Pido tiempo” para ir a dejar mis compras  a la cajuela del coche, que ya mis manos están muy marcadas por las correas de las malditas bolsas y le están cortando la circulación a mis deditos. Solo obtengo por respuesta, “Apúrate, que no tenemos tiempo que perder”.
Ya llevamos cuatro horas y no ha comprado nada……¿Será eso tiempo ganado?

Me lanzo al coche, donde se me antoja hacer una siestecita para descansar. Pero lo medito y mejor me regreso al “Mall” o se me va a armar, siempre necesita cargador.

Ya de regreso y sin cargamento, me siento como nuevo para seguirle el paso…… Viene lo más difícil, nos encontramos una zapatería de esas de nombre de diseñador y que por ver te cuesta ya una lana, sin preguntarme, se mete cual flecha e indica a la vendedora (de muy buen ver) que quiere que le muestre unos zapatos.
Ella muy amablemente pregunta ¿cuáles quiere ver? Pobre ingenua, mi Chiquita quiere ver todos y no nada más verlos, quiere probárselos a “ver cómo se le ven”.
Después de 35 viajes al almacén para traer el mismo número de pares de zapatos, botas, chanclas, flats y no se me los demás nombres, mi Chiquita dice “no me gustaron”.
Yo me sonrojo de pena con la pobre vendedora, que sudó, hizo como 75 sentadillas para que mi Chiquita se probara los modelitos traídos y caminó como 10 kilómetros de ir y venir al almacén. Todavía le contestó: “No se preocupe, la siguiente semana llegan nuevos modelos y por aquí la esperamos.”

Al salir de la zapatería solo atino a decirle: Te pasas, pobre mujer, nomás la hiciste trabajar como albañil y ni siquiera unos zapatitos te compraste. Su respuesta es le de mejor: “Si no me vas a ayudar, me voy sola y pierde tu tiempo por ahí”

Es la mejor noticia del día, que me arranco a buscar algún barecillo con teles para ver lo que sea, tomarme unas chelas y botanear sentado por las siguientes 4 horas.

Mi Chiquita me dijo que nos veíamos al cerrar el centro comercial en la puerta por donde entramos.

Ya de noche, con el centro comercial casi vacío, yo solito espero en la puerta donde quedamos encontrarnos y observando una bola de mujeres saliendo con una cantidad de bolsas, que ni un diablero de la Central de Abastos podría cargar.
Veo a mi Chiquita con una bolsita en su mano y un pobre empleado de no se donde, con como 45 bolsas más ayudándole. La sonrisa es de oreja a oreja (de mi chiquita) porqué el pobre empleado tenía mueca de dolor de hígado.
¿Saben que me dijo?   ---“Me faltaron unas cositas, mañana hay que regresar”

Solo digo: Yo no.

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